¿Podemos probar la práctica de sacrificio humano en la época tolteca?

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Mtro. Luis Manuel Gamboa Cabezas

Centro INAH Hidalgo- Z.A.Tula

En el siglo XVI, los españoles comenzaron a documentar a través de diversas fuentes una práctica que tenían los indígenas en diversas ciudades del México Prehispánico.

 

El Templo Mayor de Tenochtitlán. Sacrificio en el adoratorio de Huitzilopochtli (Códice Durán, 1995, lámina 30)

 

Esta consistía en el sacrificio humano, que se relacionaba con una serie de festividades y rituales dirigidos a una diversidad de dioses dentro de un calendario ritual y solar.

 

Hoy en nuestros días, hay una gran variedad de documentales o películas que presentan imágenes, descripciones o alguna alusión a los sacrificios humanos.

 

Donde surge un estereotipo aplicado al pasado indígena del país, el cual se exageró trayendo hasta controversias sobre su existencia e importancia que tenía dentro del discurso de expiación y conquista que tenían los grupos dominantes.

 

Los españoles entendían esta práctica como bárbara, y usaban ese argumento para legitimar la conquista.

 

No podemos dudar que hay una diversidad de datos que prueban la inmolación humana ya sea de forma directa (sacrificio) o indirecta (auto sacrificio).

 

Sacrificio por extracción de corazón (Códice Tudela)

La arqueología ha demostrado a través del descubrimiento de evidencias arqueológicas que instrumentos se usaron para la extracción de un corazón y que lugares eran preferidos como vestíbulos de templos, cima de montañas, cercanos a una cueva o algún manantial.

 

Los antropólogos físicos, también son quienes analizan los restos óseos que presuntamente se consideran fueron inmolados dentro de algún ritual.

 

En algunos casos se llegan a descubrir cráneos humanos que todavía conservaban en su posición anatómica las últimas vertebras de la cabeza (atlas y axis) que indican fueron cercenadas.

 

Hay restos óseos que en ocasiones presentan incisiones producidas por instrumentos punzo cortantes de obsidiana; los análisis que se efectúan identifican las marcas producidas por este tipo de instrumento.

 

En varios códices prehispánicos aparecen escenas de ejecución ritual en honor a los dioses. Las fuentes escritas abundan en testimonios sobre los sacrificios humanos, tanto en los textos redactados por los españoles como por parte de la descendencia, escritos en lengua náhuatl, maya, mixteco.

 

En la obra de fray Bernardino de Sahagún, el Códice Florentino, hay amplia descripción de las fiestas mexicas que se realizaban con rituales de sacrificio humano, esta documentación era para intentar erradicar esta práctica.

El acto de sacrificar, deriva del verbo cuya etimología latina significa “hacer sagrado”, que consiste en matar ritualmente a un animal o a un ser humano que se ofrecen a una deidad con la esperanza de un beneficio para el que realiza o manda realizar el sacrificio.

 

En el caso de la cultura tolteca no podemos negar la práctica del sacrificio humano que estaba estrechamente vinculada con la guerra, que tenía un doble objetivo: conformar grandes unidades políticas y dominar a otros pueblos.

 

El propósito en la guerra no era matar a sus enemigos en el campo de batalla, era capturarlos; después a través de rituales, sacrificarlos a sus dioses.

 

Los españoles documentaron que los cautivos desfilaban frente al tlatoani o rey y luego frente a las estatuas de las deidades principales. Al final los cautivos ayunaban, después al día siguiente el cautivo ascendía los peldaños de una pirámide.

 

En la cima, lo acostaban en una piedra abombada donde un sacerdote le abría el pecho con un pedernal y luego le arrancaba el corazón para ofrecerlo a los dioses.

 

El cuerpo era bajado de la pirámide, donde algunas partes del cuerpo eran comidas ritualmente y la cabeza era colocada en una estructura de madera llamada tzompantli.

 

Los toltecas probablemente llegaron hacer lo mismo que los aztecas.  Hay edificios identificados como tzompantli, que se asocian con el rito del Juego de Pelota y de temazcales.

 

De esta forma podemos presuponer que los cautivos o destinados al sacrificio, se ungen a través del baño de temazcal, participan en un juego ritual y al final las cabezas de los perdedores, era colocada cercenada en el tzompantli.

 

Esto, como un símbolo de fertilidad, ya que la muerte es vida, a través de esta la sangre fertiliza la tierra y promueve la llegada del agua por los dioses de la sustentación y mantenimiento que también fertilizan el suelo donde los hombres cultivan el sustento de su pueblo.

 

Hay otros datos que debemos tomar en cuenta, como la manera de ejecutar ritualmente a las víctimas, ya sea por decapitación, flechamiento, ahogamiento, enterramiento con vida, y otras.

 

De igual forma hay una gran variedad de individuos elegidos para el sacrificio: niños, jóvenes o ancianos; hombres o mujeres; nobles o macehuales; extranjeros o de la misma comunidad.

 

La justificación de la práctica sacrificial humana en ocasiones se ha querido explicar a través de la carencia de proteínas en la dieta.

 

En 1977, el antropólogo Michael Harner, proponía esta hipótesis, que se apoyaba con la evidencia de restos óseos mexicas que demostraban evidencias de actividades de antropofagia.

 

Por ende, esta hipótesis no se puede generar a todas las culturas mesoamericanas, se debe tomar en cuenta la cosmovisión, es decir la forma en que se consideraba el mundo y su relación con los dioses, que propiciaban la sustentación.

 

Los mitos de creación justificaban la inmolación, ya que si los dioses se sacrificaron, ¿por qué los hombres no?  Sabemos a través de las fuentes que Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, se introdujeron en forma de serpientes en el cuerpo de Tlaltéotl “Deidad Tierra” y la sacrificaron partiéndola en dos.

 

De allí, una parte de su cuerpo creo el Cielo y con la otra parte la Tierra. Hay otro mito que se relaciona con el nacimiento del Sol y de la Luna. En Teotihuacán se reunieron los dioses y se eligieron a dos de ellos –Tecuciztécatl y Nanáhuatl– para lanzarse en una hoguera y así transformarse en los dos astros.

 

Una vez creado el Sol y la Luna se quedaron inmóviles en el cielo, los dioses para asegurar el movimiento, solicitaron el sacrificio de otras deidades.

 

De aquí surge la justificación del sacrificio voluntario para los dioses para dar una continuidad al movimiento del sol.

 

En el mito de la creación de los hombres, Quetzalcóatl bajó al inframundo para recuperar los huesos de las generaciones precedentes, resguardados por Mictlantecuhtli.

 

Cuando regresó sobre la tierra con dichos huesos, Quetzalcóatl y otros dioses ofrecieron su

propia sangre procedente de sus penes o de sus lenguas que mezclaron con los huesos para formar los cuerpos de los mortales.

 

A través de estos mitos, podemos concluir como hay una reciprocidad en el sacrificio. Hay dos tipos de víctimas, los cautivos de guerra que portaban una indumentaria que representaba al dios que se le inmolaba; y otros que podrían ser niños que personificaban a los tlaloques; mancebos para representar a dioses guerreros como Huitzilopochtli o Tezcatlipoca.

 

Doncellas que personificaban a las diosas del maíz; mujeres maduras para Toci, diosa de la Tierra; y ancianos para representar a Mictlantecuhtli, dios del inframundo.  En ambos casos, a los dioses se le agradece y recuerda mediante su alimentación a través de la sangre.

Representación de una extracción de corazón

(tomado de Vega Sosa 1991:Folio 17.)

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La voz de Fernando Alfonso es una de las más escuchadas y con mayor credibilidad en el panorama informativo y de opinión en el estado de Hidalgo. Conduce el Noticiero Radiofónico Enfoque de Súper Stéreo 100.5 FM, emisora de NRM Comunicaciones. Dirige AVSI Comunicación, multiplataforma a la que pertenece el Periódico El Origen y la Revista DeFRENTE. Cuenta con estudios de Maestría en Administración de Negocios MBA por la Universidad Latinoamericana, es Licenciado en Periodismo por la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado con W radio 96.9 FM, Radio Fórmula 970 AM y 103.3 FM, Editorial Notmusa, Diario Síntesis. Premio México de Periodismo 2010, otorgado por la Federación de Asociaciones de Periodistas Mexicanos (FAPERMEX)