
En los últimos días, la carretera que cruza Alfajayucan se convirtió en escenario de una batalla insólita: una guerra de espuma, blanca, ligera y aparentemente inofensiva, que avanzó como un ejército silencioso empujado por el viento.
Los automovilistas, sorprendidos, tuvieron que reducir la velocidad mientras montículos espumosos se arremolinaban sobre el asfalto, cubriendo señales, banquetas y parte del tránsito como si la naturaleza hubiera decidido jugar una broma surrealista.
Pero detrás de esta postal casi cómica hay una verdad menos amable. La espuma no nació de la nada: es hija de un agua contaminada, saturada de detergentes y residuos domésticos que, día tras día, llegan a la presa Javier Rojo Gómez. El reciente desfogue controlado agitó ese coctel químico y lo transformó en nubes blancas que ahora todos pueden ver, tocar… y esquivar.
Lo que normalmente se esconde bajo la superficie —lo que tiramos, lo que vertemos, lo que ignoramos— salió a reclamar atención. La espuma, tan ligera, terminó siendo un recordatorio pesado: los desechos que creemos “invisibles” siempre encuentran la forma de volver, y a veces lo hacen invadiendo carreteras, afectando el tránsito y poniendo en riesgo a quienes circulan sin imaginar que esa blancura esconde sustancias irritantes y contaminantes.
La guerra de espuma no dejó heridos, pero sí dejó una lección flotando en el aire: lo que arrojamos al agua no desaparece; solo espera el momento de regresar para mostrarnos que los riesgos que ignoramos son más grandes de lo que parecen.









