
La aprobación en lo particular de la reforma que reduce la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales marca un punto de inflexión en la conversación sobre el trabajo en México. No es una decisión menor: implica replantear un modelo laboral que durante décadas normalizó jornadas extensas, productividad medida por desgaste y una vida personal relegada al último lugar.
Quienes se oponen argumentan que el país “no está listo”, que las empresas —especialmente las pequeñas— enfrentarán costos y ajustes difíciles. Y sí, habrá retos. Reorganizar turnos, redistribuir cargas de trabajo y mejorar procesos no es sencillo. Pero también es cierto que ningún país que avanzó hacia jornadas más humanas lo hizo esperando a que “todo estuviera perfecto”. Se avanza porque es necesario, no porque sea cómodo.
La evidencia internacional es clara: trabajadores más descansados son más productivos, más creativos y menos propensos a enfermedades laborales. México, que encabeza listas de estrés y agotamiento, no puede seguir ignorando esa realidad. La reforma no solo busca reducir horas; busca devolver tiempo. Tiempo para la familia, para la salud, para la vida.
El verdadero desafío no será técnico, sino cultural. Dejar atrás la idea de que “entre más horas, mejor trabajador” exige un cambio profundo en la mentalidad empresarial y social. La productividad del siglo XXI no se mide por permanencia, sino por resultados.
La transición será gradual, y eso es positivo. Permite a las empresas adaptarse y al Estado fortalecer mecanismos de inspección. Pero lo más importante es que abre la puerta a una conversación más amplia: ¿qué tipo de país queremos ser? ¿Uno que exprime a su fuerza laboral o uno que la valora?
La reducción de la jornada laboral no resolverá todos los problemas, pero es un paso firme hacia un México más justo, más competitivo y, sobre todo, más humano.








