
El inicio de 2026 nos ha sacudido con una de las escenas más crudas de violencia vial en la Ciudad de México: el caso de una enfermera que, tras atropellar a un motociclista de 52 años en Iztapalapa, decidió no detenerse, arrastrando el cuerpo de la víctima por casi dos kilómetros. Más allá del impacto visual que se viralizó en redes sociales, este hecho obliga a una reflexión profunda sobre los riesgos y la ética detrás de un volante.
El riesgo de la deshumanización al conducir Conducir un automóvil implica gestionar una masa de metal capaz de convertirse en un arma mortal. Sin embargo, parece existir una desconexión peligrosa entre el conductor y su entorno. En el caso de Iztapalapa, el agravante no fue solo el impacto inicial, sino la decisión consciente de acelerar y huir.
Cuando el miedo o la indiferencia superan al deber básico de auxilio, el «accidente» se transforma en un crimen que la sociedad ya no está dispuesta a ignorar. La vulnerabilidad del motociclista Las cifras no mienten: los motociclistas son uno de los grupos más vulnerables en la vía.
En la CDMX, representan aproximadamente el 48.6% de las muertes viales. A pesar de los esfuerzos por regular su circulación —como las nuevas reglas implementadas desde finales de 2025—, el motociclista sigue estando a merced de la pericia o la imprudencia de los automovilistas. Un pequeño roce que para un auto es un «rayón», para quien viaja en dos ruedas puede significar la pérdida de la vida.
El fin de la impunidad digital
Un aspecto rescatable de esta tragedia es el papel de la ciudadanía. La localización del vehículo azul en Nezahualcóyotl no fue obra del azar, sino de un seguimiento digital sin precedentes. Hoy, gracias a las cámaras de seguridad y la movilización en redes, la placa de un auto es un rastro imborrable. Este caso demuestra que el anonimato ya no es una opción para quien comete un delito vial.
La seguridad vial en 2026 no puede depender solo de reglamentos y multas. Necesitamos recuperar la conciencia de que cada persona en la calle —peatón, ciclista o motociclista— tiene a alguien esperándole en casa. Que el caso de Iztapalapa no sea solo una estadística más, sino un recordatorio de que conducir exige, por encima de todo, humanidad.
La justicia no solo debe alcanzar a quien huye, sino que debe servir para replantearnos: ¿qué tipo de conductores estamos siendo hoy?









