
En el México de 2026, morir se ha convertido en un lujo que pocos pueden costear, pero que todos, inevitablemente, terminamos pagando. La llamada «industria funeraria» ha dejado de ser un servicio de acompañamiento para transformarse en un engranaje financiero de alta precisión. Detrás de los cirios y el aroma a crisantemos, se esconde un mercado que factura miles de millones de pesos, alimentándose del recurso más escaso en medio del duelo: la capacidad de decidir con la cabeza fría.
El panorama actual es paradójico. Mientras la tecnología nos permite hoy contratar un servicio desde una app en segundos o transmitir un homenaje por streaming a todo el mundo, la realidad a pie de calle sigue siendo la misma: una familia mexicana promedio puede desembolsar hasta 50,000 pesos en menos de 24 horas, una cifra que para la mayoría representa años de ahorro o una deuda asfixiante.
La «industria del dolor» ha sabido capitalizar nuestra falta de cultura de previsión. En un país donde apenas el 7% de la población cuenta con un plan funerario, el fallecimiento de un ser querido se convierte en una emergencia económica. Es aquí donde surgen las «funerarias de garaje» o servicios informales que, operando en la sombra de la regulación, ofrecen precios bajos a costa de la sanidad y la dignidad del trato humano.
Sin embargo, el verdadero debate en este 2026 no es solo el precio, sino la deshumanización del rito. Las grandes cadenas como Grupo Gayosso o J. García López avanzan hacia la estandarización y la eficiencia corporativa. Se venden «experiencias de vida» y paquetes de lujo como si se tratara de un tiempo compartido, olvidando a veces que lo que el ciudadano busca no es un lobby de hotel, sino un espacio de consuelo.
Es imperativo que el Estado no solo vigile los precios a través de la PROFECO, sino que fortalezca opciones públicas dignas que sirvan de contrapeso a la voracidad privada. El dolor no debería ser una oportunidad de mercado sin límites; despedir a nuestros muertos debería ser un derecho garantizado por la dignidad, no por el saldo de una tarjeta de crédito.
Al final del día, la industria seguirá creciendo porque la muerte es la única certeza que tenemos. La pregunta para este 2026 es si estamos dispuestos a permitir que el último adiós se reduzca a una simple transacción comercial o si recuperaremos el sentido humano de la despedida.









