TESTIMONIO DE UNA SUPERVIVIENTE DE VIOLENCIA DE GÉNERO

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Con motivo del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, que se conmemora cada 25 de noviembre, te presentamos el testimonio de una mujer que sobrevivió a la violencia de género.

Esmeralda Millán tenía 23 años en diciembre de 2018 cuando fue atacada con ácido en Puebla, México. Su ex pareja y padre de sus dos hijos está acusado y detenido por tentativa de feminicidio.

«Aunque las cicatrices de mi rostro han mejorado, las heridas del alma nunca sanarán», dice.

Esta es su historia contada en primera persona.

No tenía ni 15 años cuando lo conocí y a los 17 tuve a mi primer hijo. La violencia comenzó desde que yo estaba embarazada. Me maltrataba de todas las formas posibles: me pegaba, me forzaba a tener relaciones sexuales y me hacía sentir atrapada.

En cuanto pude regresé a vivir con mi mamá, pero él fue a buscarme. Me dijo que volviera. Que iba a cambiar. Que él había sufrido la violencia de su padre y que no la iba a repetir. Yo era muy joven y le creí. Tenía un hijo de él. Yo había estudiado solo la secundaria y en ese momento sentía que no podía trabajar.

Volví a su casa. Y él volvió a ser violento. Me embarazó a la fuerza de mi segunda hija.

Yo sabía que tenía que separarme, pero a la vez me veía incapaz. Él me hacía creer que estaba sola, que nadie me iba a apoyar, que dependía por completo de él.

Así aguanté años. Hasta que un día me golpeó muy fuerte y yo intenté defenderme. Mi hijo, de entonces 7 años, se metió a la pelea. Quiso ayudarme, le pedía que ya no me pegara.

En ese momento me di cuenta que yo no quería esa vida para mis hijos. Regresé con ellos a la casa de mi mamá.

A él le dije que por los niños podríamos seguir en contacto y llegar a acuerdos. Pero él no dejaba de insistir en que volviera.

Una vez intentó llevarme a la fuerza. Me subió arrastrándome a un moto-taxi. Afortunadamente el chofer y otro hombre que estaban cerca me ayudaron. Me pusieron a salvo en un lugar público, donde llegó mi tío a ayudarme.

A partir de ahí me daba miedo, ya no quise salir con él. Le pedí a mi familia que no lo dejaran entrar a la casa donde vivíamos. Y él seguía pidiendo que saliéramos juntos los cuatro: él, yo y los niños. Yo ya no acepté.

Una noche fue a llevarme la pensión de los niños. Y me preguntó qué iba a hacer al día siguiente. Le dije que iba a ir muy temprano con mi mamá a un baño de vapor y que después íbamos a una fiesta.

Antes de irse me volvió a preguntar a qué hora iba a salir al día siguiente y me pidió que lo abrazara. Le dije que no. Insistió mucho. Me prometió que si lo abrazaba, ya nunca me iba a molestar.

Me quedé inquieta, tanto que cuando entre a la casa le conté a mi mamá lo que había pasado.

Me aventó ácido en la cara

Al día siguiente, domingo 2 de diciembre de 2018, ella y yo salimos a las 5:30 de la mañana. Todavía estaba oscuro y vimos a 3 hombres sospechosos frente a la casa. Sentimos que empezaron a caminar atrás de nosotros. Después se sumó otro hombre. Nos acorralaron.

Cuando estábamos frente a frente, uno me aventó un líquido en la cara. Cuando vio que todavía quedaba sustancia en la botella, me agarró de la cabeza e intentó aventármelo. Yo quise defenderme y lo empujé. También a él le salpicó un poco de la sustancia en la cara.

Desde ese momento supe que el atacante era mi expareja, el padre de mis hijos.

Lo supe por la forma en que caminaba, también porque yo soy más alta que él. Iba vestido igual que cuando pasaba por mis hijos. Tenía la cara tapada como lo hacía cuando se subía en la bicicleta en las mañanas frías.

Estuve nueve años con él, lo reconozco perfectamente.

También porque me lo había repetido una y otra vez: «Si tú no eres para mí, no vas a ser de nadie«.

Yo no sabía lo que era un ataque de ácido. No sabía lo que estaba pasando. Sentí que me moría.

Había ingerido el líquido y la garganta se me estaba cerrando. No podía respirar. Oí los gritos de mi mamá, nunca la había oído gritar así.

Ella también sufrió algunas quemaduras. Pero su desesperación era por verme tan mal.

Nadie nos ayudaba. Hasta que mi mamá llamó a mi tía, que llegó y nos llevó al hospital. Era tanto el dolor que caí inconsciente.

El líquido que me aventó me daño mi cara, me deshizo la nariz, la boca. Me dañó el ojo derecho y hasta ahora no puedo ver de ese lado.

También me cayó en el cuello, los brazos y las dos manos. Me dañó tanto el esófago que por dos meses no pude comer. Estuve en el hospital tres meses.

Cuando me vi en el espejo pensé que mi vida se había acabado.

Caí en una depresión terrible. Por mucho tiempo quise haber muerto.

El ataque no sólo me dañó a mi. También han sufrido mucho mi mamá y mis hijos. Para ellos ha sido muy difícil aceptar mi nuevo aspecto. En su escuela ha sufrido bullying.

En diciembre se cumplirán tres años del ataque y yo sigo sin querer mostrar mi cara. Salgo tapada a la calle pues con las miradas me matan.

Al principio algunas personas me echaron la culpa, me dijeron que había hecho algo para merecérmelo. Yo solo pagué el precio de querer dejar a un maltratador.

Vía Ana Gabriela Rojas, Especial BBC Mundo en México