
Publirreportaje
Dormir menos, distraerse constantemente o dejar de convivir por permanecer frente a una pantalla son señales que merecen atención. El reto es recuperar el equilibrio entre la tecnología y nuestro bienestar, plantea la especialista en conducta Sara Campos.
El celular nos permite comunicarnos, aprender, trabajar y entretenernos. Sin embargo, cuando su uso comienza a desplazar el descanso, el ejercicio, el estudio o la convivencia, conviene revisar nuestros hábitos. Los efectos no son iguales en todas las personas: influyen el tiempo de uso, los contenidos y las actividades que dejamos de realizar por estar conectados.
Niñas, niños y adolescentes: tiempo para crecer más allá de la pantalla
Durante la infancia, el juego, la conversación, el movimiento y la exploración son experiencias fundamentales. Cuando el teléfono ocupa demasiado tiempo, puede reducir esas oportunidades, interrumpir el estudio y dificultar la concentración por la llegada constante de mensajes, notificaciones y otros estímulos.
El descanso también puede verse afectado. Permanecer conectado hasta tarde retrasa la hora de acostarse, mientras que los contenidos estimulantes antes de dormir pueden dificultar la desconexión. Esto puede traducirse en menos horas de sueño y cansancio al día siguiente.
La irritabilidad al retirar el dispositivo, los conflictos frecuentes por su uso o el abandono de actividades que antes disfrutaban son motivos para prestar atención y conversar. El uso problemático puede relacionarse con síntomas de ansiedad o depresión, aunque esa asociación no significa que el celular sea, por sí solo, la causa.
A ello se suman riesgos como el ciberacoso, la comparación social y la exposición a contenidos inapropiados. El acompañamiento de los adultos resulta importante para comprender qué hacen los menores en línea y cómo se sienten con esas experiencias.
Los adultos también necesitan desconectarse
Revisar el teléfono hasta entrada la noche, responder cada notificación o consultar redes sociales durante cualquier pausa puede fragmentar la atención e interferir con el trabajo y el descanso.
El uso prolongado también puede favorecer molestias en cuello, hombros, espalda, manos y muñecas, especialmente cuando se mantiene una postura incómoda durante mucho tiempo. Mirar la pantalla por periodos extensos puede ocasionar cansancio ocular, resequedad, irritación o visión borrosa temporal.
En las relaciones personales, mirar el teléfono mientras alguien nos habla puede hacer que esa persona se sienta ignorada. Esta conducta, conocida como phubbing, puede deteriorar la comunicación y generar conflictos familiares o de pareja.
Recuperar la atención también es una forma de cuidarnos
Más que observar únicamente cuántas horas pasamos frente al celular, vale la pena preguntarnos qué está desplazando: ¿dormimos menos?, ¿hemos dejado de movernos?, ¿interrumpimos las conversaciones?, ¿nos cuesta concentrarnos sin revisar la pantalla?
Establecer momentos de convivencia sin teléfono, silenciar notificaciones innecesarias y reservar tiempo para el descanso y la actividad física son formas de empezar a recuperar espacio para otras necesidades.
En la infancia, hay algo que ninguna pantalla sustituye: la mirada, la conversación, el juego y el vínculo afectivo con un adulto. Y a cualquier edad, aprender a desconectarnos puede ayudarnos a estar más presentes con quienes nos rodean.
Dale una pausa a la pantalla y más atención a tu bienestar.
Informes y consultas con la Psicóloga Sara Campos.
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