Select Page

Por Fernando Àvila Bàez.

Una cosa en la que no se ha reparado lo suficiente, al hablar de las distintas generaciones que distinguen  esta era de la humanidad, es que a tales hijos corresponden tales padres.

Se pretende crear con la crítica a su manera de ser una especie de culpa por ello a los jóvenes protagonistas del corredor demográfico e histórico que va de la generación X a los milennials.

Sin embargo, no hay mucho acerca del perfil que han tenido, cada cual en su momento, los padres de estos jóvenes.

¿Qué factores endógenos y exógenos contribuyeron al desarrollo de los
padres X, Y, Z, milénicos y “blandos”. Habría que buscar en México, específicamente, el origen de la expresión: “quiero que mis hijos tengan lo que yo no tuve”; ahí descansan muchas líneas que nos darían claridad.

Últimamente hemos escuchado hablar mucho de la generación “blandita”, la de los niños y jóvenes que han sido y son sobreprotegidos por sus padres, los que a toda costa buscan evitar el sufrimiento de sus hijos, o bien, proporcionarles las mejores condiciones de vida desde muy pequeños.

La pregunta es: ¿a qué se deberá esto? En el ejercicio de la paternidad y la maternidad, intervienen una serie de patrones que son aprendidos y en muchas ocasiones, repetidos inconscientemente, y en otras, buscamos que los menores no enfrenten escenarios dolorosos a los que nosotros estuvimos expuestos.

En un intento –generacional- por romper antiguos patrones de crianza y, en el mejor de los casos, “reparar” historias, existen padres que se es- fuerzan por no repetir aquello que ellos vivieron en su momento:

“Yo no quiero que mi hijo tenga las carencias que yo tuve”; “Quiero que él o ella realice lo que yo no pude lograr”. Este fenómeno también se describe como la hiperpaternidad; una especie de padres y madres helicóptero, pero que no se limitan a cargarles las cosas a sus hijos hasta la puerta del colegio: quieren suplir todas sus necesidades.

Parece que las jerarquías se desdibujan: ahora los padres quieren ser «amigos» de los hijos, no golpearlos o sancionarlos cuando es necesario; y, por otra parte, los hijos se convencen de que siempre contarán con la disponibilidad y los recursos de
aquellos para que les resuelvan todo –o casi todo-”.

Esta manera de educar, ha vuelto a los hijos más cómodos y blandos; y en su concepto, en este momento nos tenemos que enfrentar a una generación que se han levantado dependiendo de
sus padres de una manera excesiva, niños y jóvenes incapaces de afrontar los problemas más comunes de la vida. Una sobreprotección que a largo plazo será desastrosa para el futuro de estos niños.

Una buena dosis de tolerancia a la frustración y de demora a la gratificación son necesarias para que los chicos desarrollen potencialidades y también valores, para fijarse logros y
obtener satisfacciones, para valorar los esfuerzos que suponen las metas a largo plazo y constituirse como sujetos más empáticos”.

¿Podemos enseñar a nuestros hijos a tomar decisiones?

La toma de decisiones es uno de los aspectos más trascendentales de la vida. Una tarea complicada cuyas consecuencias se debe afrontar con madurez y optimismo, pues no siempre resultan como deseamos.

Podemos aprender a decidir, debemos ser libres para elegir y maduras/os para asumir los resultados de nuestras decisiones, y este aprendizaje se debe iniciar en la infancia.

Los padres deben preparar a los hijos para ser autónomos, enseñarles la libertad de decidir y fomentar en ellos la seguridad para afrontar las consecuencias de lo que elijan.

Es una tarea que requiere esfuerzo, dedicación y constancia, pues a medida que los hijos y las hijas van creciendo también lo hacen sus responsabilidades y de la mano de éstas la necesidad de tomar decisiones.

Algunas recomendaciones para trabajar la toma de decisiones en niños y niñas son las siguientes:

Conceder responsabilidades.

El reparto de responsabilidades es de vital importancia en la toma de decisiones pues cuando se asume una responsabilidad, derivada de ella surgen problemas a resolver, y de esta manera se da un aprendizaje enfocado al abordaje y resolución de problemas.

Trabajar la elección de alternativas y establecer prioridades. Cuando sus hijas/os se encuentren en una situación en la que tenga que decidir entre varias opciones, debemos animarle a que contemple la elección como un reto al que debe prestar atención y tiempo.

Así, en función de los intereses de éste/a se le debe orientar sobre la
mejor opción. Sin embargo, es muy importante que, pese a proporcionarle opinión y consejo, sea él/ella quien finalmente decida qué hacer, pues sólo así, estaremos fomentando su autonomía e independencia.

Evitar la sobreprotección.

En ocasiones, y sobre todo ante decisiones que pueden ser complicadas, los padres tienden a sobreproteger a sus hijos e hijas, lo que muchas veces les lleva a decidir por ellos/as. Este hecho puede llevar a los hijos a no equivocarse, pero también le privará del aprendizaje que implica el error (en caso de darse de haber decidido él/ella).


Valorar el error.

Tener presente el valor educativo de los errores, implican no sólo aprendizajes nuevos, sino que suponen experiencias previas útiles, que más adelante, podrán tener presentes ante situaciones similares.

Por eso, ante un error se debe analizar con él/ella lo sucedido, comprobar dónde está la raíz de éste y asimilarlo para acontecimientos futuros.

About The Author

De interés

Share This