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MÉXICO NUEVO: SI SE VAN UNOS, VENDRÁN OTROS.

MÉXICO NUEVO: SI SE VAN UNOS, VENDRÁN OTROS.

Editorial.

No debe extrañar la polémica en que está envuelta la construcción del nuevo aeropuerto de la zona metropolitana de la Ciudad de México. No hay que quebrarse la cabeza para saber lo que sucederá en esta disputa: la primera derrota que inflija la izquierda desde el gobierno al gran capital.

Se trata de una disputa abierta entre las ideas centrales de la visión del nuevo gobierno y los intereses, particularmente financieros, que están en juego; en especial, porque se ha difundido que apenas cinco magnates son los beneficiarios de la nueva estación terminal.

En el sector privado, se encienden focos amarillos y se alerta al país sobre las “enormes pérdidas” y hasta “fuga de capitales” que generaría la suspensión de la obra actualmente en proceso en la zona de Texcoco, sin reparar en que, de irse unos, vendrían de inmediato otros.

Del lado oficialista, que legitimará una decisión no modificable con una consulta tan abierta como ligera, se afirma que no hay nada que temer, pues los inversionistas tendrán oportunidad de aplicar recursos, dentro las nuevas reglas, para concretar la obra en el sitio en que se determine, que puede ser Santa Lucía, en las inmediaciones de la base aérea.

Al común de la gente, por su parte, se le está haciendo tarde para llegar al sábado 1 de diciembre, en que tomará formalmente posesión de la Presidencia el ganador de las elecciones del 1 de julio.

Así como el domingo veraniego de las elecciones representó la gran explosión popular volcada en las urnas para impulsar un cambio histórico radical, también el fin de semana de la asunción es visto como “El Día D”.

Grave error histórico de la sociedad mexicana, en especial por parte de quienes esperan que al amanecer de ese día los problemas nacionales queden resueltos en un santiamén.

En el escenario de las “benditas” redes sociales se libran batallas nada despreciables que evidencian el sentir de la mayoría ahogada para que el uno de diciembre ocurra la gran eclosión.

Alrededor de esta, hay otra espera: la de los derrotados, en sus ecos ha brotado una enorme presión sobre el nuevo gobierno, que ya ejerce su mayoría en el congreso y cuyos avances les parecen excesivamente lentos frente a la amplísima expectativa que despertaron las promesas y los compromisos de campaña.

En particular, los desplazados inquieren a los legisladores morenistas, hoy erigidos en mayoría absoluta en las cámaras, ¿por qué no han bajado los precios de las gasolinas si ahora están en inmejorable posición para hacerlo y cumplir con una de las más ansiadas demandas de la población mexicana?

Así que, entre el juego de intereses en torno al aeropuerto y el deseo de que las cosas cambien en un tiempo récord, los tiempos de la población y los tiempos del nuevo gobierno no son los mismos.

La gran agenda nacional pasa por una compleja serie de decisiones con relevantes impactos de alcance histórico, el nuevo presidente va a impulsar sus propias reformas estructurales, a partir del desmantelamiento de las más recientes.

Más adelante impondrá su modelo, su esquema, que sin duda incluye beneficios para el bienestar de la población; pero para lo cual deberá disponer de confianza y respaldo no solo de la sociedad desposeída.

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