
La política mexicana nos ha acostumbrado a ver alianzas que desafían la lógica ideológica, pero lo que sucede hoy con el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Verde (PVEM) frente a la reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum roza el cinismo.
Mientras el discurso oficial de la «Cuarta Transformación» predica la austeridad republicana y el fin de los privilegios, sus socios estratégicos parecen haber encontrado el límite de su lealtad: el bolsillo.
Al oponerse a una reforma que reduciría el financiamiento público y los escaños plurinominales, estos partidos han dejado claro que su prioridad no es la profundización del proyecto democrático, sino la preservación de las estructuras que les han permitido vivir del erario durante décadas.
Esta resistencia interna revela una fractura ética difícil de ignorar. El PT y el Verde pretenden jugar en dos tableros simultáneamente: rechazan las reglas que les quitan poder y dinero en lo federal, pero suplican ir en coalición con Morena en lo local para colgarse de su arrastre electoral.
Es una estrategia de supervivencia parasitaria donde se benefician de la popularidad presidencial para asegurar puestos, mientras bloquean las leyes que buscan hacer la política menos costosa para los ciudadanos.
Si la reforma electoral es el pilar de la nueva etapa del país, la postura de estos «aliados» no es más que un lastre que pone precio a su apoyo, obligándonos a preguntar si Morena realmente necesita compañeros de viaje que solo están presentes cuando el botín está asegurado.






