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La serenidad no depende de la sobriedad

La serenidad no depende de la sobriedad

Cuando veo un nuevo miembro en una junta al-Anon, con la típica mirada de ansiedad, mi corazón le acoge. Quiero decirle que su serenidad y paz interior no dependen de la sobriedad de su marido. Quisiera ahorrarle los años de ansiedad por los que yo pasé antes de entender que mi serenidad sólo depende de mí.

Durante los primeros dieciocho años de mi matrimonio, mi oración constante era que mi marido dejara de beber. ¡En ese entonces no había oído hablar de AA y no sabía lo que era un alcohólico!

Mi esposo ha entrado y salido varias veces de AA en los últimos años, pero únicamente debido a mis presiones y amenazas.

Asistió a las reuniones sólo para calmarme y no para ayudarse a sí mismo. Yo sentía el peso de una culpa constante.

¿Era yo la culpable? ¿Cuál era mi responsabilidad en esta situación? Me decía a mí misma que algo tenía que hacer; debo rezar más, ir más a la iglesia. ¿Debería dejarle? ¿Debería hacer esto, o lo otro? Iba de una solución desesperada a otra.

Con todo esto en mi mente, todo lo que podía pensar era en dormir, retirarme de mis problemas. Eran demasiado agobiantes. Y sí dormí, por mi propia decisión. Traté de quitarme la vida.

Cuando desperté en el hospital mi primer pensamiento fue: Dios de los Cielos, ¿qué he hecho? ¿Qué les he hecho a mis hijos, a mi familia? ¿Cuánto miedo les habré hecho pasar?

Debo mi vida a la ayuda de mis amigos Al-Anon y AA, a nuestro párroco (que es un buen amigo), a doctores comprensivos y a mi maravillosa y querida familia. Ellos fueron los instrumentos que Dios utilizó para sacarme de las profundidades de la desesperación.

El regalo de vida que yo recibí, lo comparo al que recibe un alcohólico cuando alcanza la sobriedad. Mi gratitud me ayudó a hacer las paces conmigo misma.

Por medio de Al-Anon, después de muchos años, finalmente encontré alivio. Di el primero de los Doce Pasos, el que dice: “Admitimos que éramos incapaces de afrontar solos el alcohol, y que nuestra vida se había vuelto ingobernable.”

Ahora acepto que soy incapaz. Me cuido y trato de mejorar para mis hijos, para mi familia y para mí misma. Por primera vez en la vida he comenzado a encontrar la felicidad en pequeñas cosas.

En el pasado me sentía muy miserable para poder gozar de todo lo que siempre estuvo ahí para ser apreciado: cada día tiene algo bueno; el sol brilla, o llueve, y necesitamos lluvia; mis hijos están bien y felices.

Al-Anon es tan necesario para mí como a comida que ingiero y el aire que respiro. Es una maravillosa ayuda para enfrentar todos los problemas. Pueden ser grandes o pequeños –problemas que van mano a mano con la crianza de los niños, quizá una enfermedad, la pérdida de un ser querido, o quizá una fuerte crisis.

Trato de recordar que a partir de cada dificultad, cada fracaso, algo bueno vendrá. Quizá no de inmediato, quizá como guía para manejar dificultades futuras.

A menudo pienso que quizá Dios tiene un propósito especial para nosotros. Muchos de los que han tratado de ayudar a mi marido se han fortalecido ellos mismos al ver por lo que ha pasado él. Así que, a su modo, sin saberlo, él ha ayudado a otros. Quizá el deseo de Dios es que yo ayude a otras esposas y familias.

Pensamientos como éstos son un gran consuelo para mí. Ya no me siento privada cuando me pierdo de una fiesta o una salida, cuando no puedo ir aquí o allá.

Considero lo que tengo: mi hogar, mis cuatro hijos adorables; considero cuán mejor estoy yo que mi esposo. Él es el que se está perdiendo de mucho, no yo.

Debo cumplir el papel que se me asignó: esposa, madre, miembro de la sociedad. No puedo llevarlo a cabo como una neurótica que tiene lástima de sí misma. Sé que no se nos manda más sufrimiento del que podemos soportar. Este pensamiento me da fortaleza para cualquier cosa que venga.

La primera vez que vine a Al-Anon no sabía qué esperar. Tenía la actitud de: Aquí estoy, ¡ayúdenme! Pensé que encontraría una solución inmediata a todos mis problemas, pero me di cuenta que el propósito de Al-Anon es enseñarnos a que nos ayudemos a nosotros mismos. La participación activa en las reuniones, y mucha lectura, ayuda a que las cosas caigan en su sitio. Cada día, las cosas adquieren mayor claridad para mí.

 

Desde luego hay días tristes. Cuando llegan, me digo, “no tienes tiempo para la autocompasión”. En esas ocasiones tengo que forzarme a dejar de pensar en mis problemas.

La mejor terapia que he encontrado es mantenerme ocupada. Limpio y limpio mi casa. Me entrego a la lectura de una buena novela. Me voy al salón de belleza. Compro tela y me pongo a coser. Y he aprendido, además, a no hacer cosas “con violencia”. Simplemente las tomo con calma y saboreo cada momento que logro algo.

No veo nuestro problema como una cruz que cargar, sino como algo que me han enviado para mostrarme una nueva y hermosa forma de vida, que de otra forma no hubiera conocido.

Estoy más consciente de la gente; tengo un deseo urgente de ayudarles a encontrar la clase de serenidad con la que ahora vivo. Me ha hecho agradecida de las pequeñas cosas que solía dar por sentado: el sol, los árboles, las criaturas de Dios y los amigos. Trato de enseñar a mis hijos esta forma de vida para que sepan cómo enfrentarse a los problemas con valor.

El mejor cumplido que he recibido, vino de mi hijo de 14 años cuando me dijo: “mami, ¿cómo es que estás tan contenta y mi papá todavía bebe?”

Al fin mi oración ya no es: “Por favor, Dios mío, que tu voluntad sea que mi esposo deje de beber”, ahora es: “Por favor, Señor, muéstrame Tu camino y dame sabiduría y fortaleza para seguirlo.”

Quizá esa sea la respuesta.

 

Extraído del libro “Al-Anon se enfrenta al alcoholismo”, de Grupos de Familia Al-Anon y Alateen “Esperanza para familiares y amigos de alcohólicos”.

Para mayores informes sobre la ubicación y horarios de los grupos favor enviar mensaje por WhatsApp al 7731050707.

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