
Las presas del Valle del Mezquital no solamente almacenaron agua: también cubrieron casas, cementerios y templos. Cuando llega la sequía, sus ruinas reaparecen para recordar el costo humano de las grandes obras hidráulicas.
Cuando el nivel de la presa Endhó desciende, el paisaje comienza a devolver lo que le fue arrebatado hace más de siete décadas. Primero aparece el terreno endurecido; después, algunas lápidas rotas y restos de muros. Finalmente queda al descubierto una iglesia abandonada, rodeada por el antiguo cementerio de San Francisco Bojay.
No se trata de vestigios arqueológicos remotos ni de una población desaparecida por una catástrofe natural. San Francisco Bojay fue uno de los asentamientos desalojados durante la construcción de la presa Endhó, levantada entre 1947 y 1952 en los municipios de Tula de Allende y Tepetitlán, en Hidalgo.
La iglesia que emerge durante las sequías es la evidencia más visible de aquella transformación. Debajo del agua quedaron caminos, parcelas, viviendas y espacios comunitarios. En las zonas altas se formaron o reorganizaron poblaciones como San Pedro Nextlalpan, San Mateo, Santa María Daxthó, Santa Ana Ahuehuepan, Santa María Michimaltongo y el nuevo San Francisco Bojay.
Las presas cambiaron el territorio, pero no consiguieron borrar completamente su memoria.
Endhó: del desalojo a la contaminación
En la década de 1950, la presa Endhó fue presentada como una obra para regular el río Tula y almacenar agua destinada a la agricultura. Su construcción produjo un embalse de aproximadamente 1,300 hectáreas y obligó al desplazamiento de habitantes asentados en las tierras que ocuparía el vaso.
Un estudio histórico sobre la antigua hacienda de Endhó recoge el testimonio de vecinos que afirmaban que el agua había cubierto una hacienda y su iglesia. La investigación identificó el templo como perteneciente a San Pedro Nextlalpan, comunidad que fue trasladada cuando se decidió construir la presa. Otras fuentes periodísticas reconocen las ruinas más visibles como la iglesia de San Francisco Bojay Viejo.

Restos de la iglesia del antiguo San Francisco Bojay, población desplazada durante la construcción de la presa Endhó, fotografiados en Tepetitlán el 5 de agosto de 2024.
Crédito: AFP.
La diferencia no es necesariamente una contradicción. La creación del embalse afectó a varias comunidades y dejó más de un conjunto de vestigios bajo el agua. Con el paso del tiempo, las historias de sus iglesias se han mezclado, y algunas referencias populares llaman genéricamente “capilla de San Pedro” al templo sumergido.
Lo comprobable es que las ruinas religiosas de Endhó forman parte de un territorio comunitario más amplio que desapareció bajo el embalse. En 2022, un recorrido periodístico llegó caminando hasta una iglesia y un cementerio expuestos por la sequía e identificó el lugar como el centro del antiguo San Francisco Bojay, uno de los pueblos desalojados en los años cincuenta.
La historia de Endhó adquirió después una dimensión todavía más dolorosa. Durante sus primeros años, los habitantes recuerdan agua relativamente limpia, pesca, actividades recreativas y posibilidades de turismo. Pero a partir de la década de 1970 aumentó la llegada de aguas residuales procedentes del Valle de México, así como descargas vinculadas con el corredor industrial Tula–Atitalaquia–Tepeji, la refinería de Tula y otras instalaciones.
Así, las comunidades que primero perdieron tierras y pueblos terminaron viviendo alrededor de uno de los cuerpos de agua más contaminados de la región.
En septiembre de 2024, el gobierno federal declaró zona de restauración ecológica el área de influencia de la presa. El programa contempla acciones durante 12 años para recuperar suelos y ecosistemas, mejorar la calidad del agua y atender el manejo de residuos. Las comunidades, sin embargo, reclaman que la restauración incluya también la salud de quienes han vivido durante décadas junto al embalse.
En Endhó, la iglesia sumergida no es solamente una curiosidad turística. Es el monumento involuntario de una doble deuda: la del desplazamiento y la de la contaminación.
San Antonio Corrales: el templo que marca el nivel de la presa
Más al norte, en Alfajayucan, otra iglesia aparece y desaparece al ritmo del agua. Es el antiguo templo de San Antonio Corrales, localizado dentro de la presa Vicente Aguirre, conocida también como Las Golondrinas.
Cuando el embalse está lleno, parte del edificio queda cubierta y solamente algunos elementos sobresalen. Durante las sequías severas, el agua retrocede hasta permitir que los visitantes lleguen caminando a sus muros.
En abril de 2024, la presa descendió a alrededor de 2.3% de su capacidad. El templo, al que años antes solo se podía llegar en lancha, quedó completamente expuesto. La tierra agrietada alrededor de la construcción convirtió el sitio en una imagen elocuente de la escasez de agua que afectaba a los agricultores de la región. N+
La iglesia funciona desde entonces como un indicador popular del embalse. Su desaparición anuncia recuperación del almacenamiento; su reaparición, sequía. Pero detrás de esa lectura inmediata se encuentra otra historia: la de una comunidad cuyo espacio religioso terminó dentro de una obra hidráulica.
A diferencia de Endhó, el caso de San Antonio Corrales no cuenta con la misma cantidad de investigaciones públicas sobre el número de familias desplazadas o el proceso de indemnización. La información disponible se concentra en la iglesia y en su reaparición periódica. Esa falta de documentación también es significativa: mientras la estructura permanece, buena parte de la historia social de sus habitantes corre el riesgo de desaparecer.

La sequía dejó completamente expuesta la antigua iglesia de San Antonio Corrales, normalmente cubierta por las aguas de la presa Vicente Aguirre, en Alfajayucan.
Crédito: @OscarP_H, reproducida por N+.
Taxhimay: un pueblo mexiquense sacrificado para llevar agua a Hidalgo
La presa Taxhimay suele incluirse entre las presas de Hidalgo porque forma parte del sistema hidráulico que conduce agua hacia Tepeji del Río y el Valle del Mezquital. Sin embargo, el embalse y las ruinas del antiguo pueblo se encuentran en el municipio de Villa del Carbón, Estado de México.
La precisión geográfica permite entender mejor el caso: una población mexiquense fue inundada para alimentar un sistema de aprovechamiento del agua orientado, en buena medida, hacia tierras hidalguenses.
Bajo la presa quedó San Luis de las Peras, una comunidad otomí cuyo desplazamiento ocurrió durante la década de 1930. Las familias fueron reasentadas en terrenos cercanos y dieron origen a San Luis Taxhimay y otros núcleos comunitarios. Una investigación de la Universidad Autónoma Metropolitana caracteriza el proceso como desplazamiento interno forzado y señala que las permutas e indemnizaciones quedaron formalizadas en 1935.
Del antiguo pueblo sobresalen las partes altas de dos edificios religiosos. Uno era la parroquia franciscana de San Luis Rey de Francia; el otro, una capilla dedicada al Señor del Quejido, una imagen de Cristo que continúa siendo objeto de veneración entre los habitantes.
Cuando disminuye el nivel de la presa, las torres y cúpulas se levantan sobre el agua como señales de un pueblo que todavía conserva nombre, descendientes y celebraciones. No son, por tanto, ruinas anónimas: siguen formando parte de la identidad de San Luis Taxhimay.
El embalse se convirtió con los años en destino turístico. Se ofrecen recorridos en lancha y visitas a las torres sumergidas. Para los descendientes de las familias desalojadas, sin embargo, el paisaje tiene otro significado. Lo que para el visitante es una estampa insólita, para ellos es el antiguo centro de su comunidad.

Vestigios de San Luis de las Peras dentro de la presa Taxhimay. Las torres religiosas permanecen como la señal más visible del antiguo pueblo otomí inundado durante la década de 1930.
La otra construcción sumergida de Hidalgo
En Huasca de Ocampo existe un caso relacionado, aunque no corresponde a un pueblo con una capilla hundida. La presa de San Antonio Regla cubrió parte de la antigua hacienda del mismo nombre. Sobre el agua permanece visible la gran chimenea industrial, mientras otras construcciones quedaron debajo del embalse.
El lugar suele aparecer en recopilaciones de “pueblos hundidos”, pero es más preciso describirlo como un complejo hacendario parcialmente inundado. La distinción es importante porque no todos los vestigios bajo las presas tienen el mismo origen ni representan procesos idénticos de desplazamiento.
Lo que emerge con la sequía
Las ruinas de Endhó, San Antonio Corrales y Taxhimay muestran diferentes momentos de la política hidráulica del centro de México. Sus presas fueron construidas para almacenar agua, controlar corrientes y ampliar los distritos de riego. Los beneficios alcanzaron territorios extensos, pero los costos se concentraron en comunidades rurales e indígenas que perdieron tierras y centros ceremoniales.
No existe un inventario público exhaustivo de todos los pueblos, templos, cementerios y haciendas que quedaron dentro de los embalses de Hidalgo. Tampoco se puede asegurar, con la información disponible, que la mayoría de las presas de la entidad hayan inundado poblaciones. Lo que sí está documentado es un patrón: las grandes obras se narraron durante décadas mediante sus capacidades de almacenamiento y las hectáreas que podían irrigar, mientras el desplazamiento quedó relegado a la memoria oral.
Las iglesias sobrevivieron porque sus torres y cúpulas eran los puntos más altos. Al reaparecer, hacen visible todo lo demás: las casas que ya no están, los caminos interrumpidos y las comunidades obligadas a reconstruirse lejos de su centro original.
En Hidalgo, la sequía no solamente descubre el fondo de las presas. También abre, por unos meses, los archivos de una historia que el agua parecía haber cerrado.





